jueves, 7 de enero de 2016

Bullying en el Parque


Hay días de días. Ayer fue un día multicolor. Gris en algún punto, pero como siempre, trato de pintarlo de arcoíris.

Hace tiempo vengo ganando peso. La ansiedad me da por comer, y además de eso, me encanta la comida. Amar la comida y ser ansiosa en un país como Venezuela puede llevar a cualquiera por el camino de la obesidad.

Hace días que vengo sintiendome verdaderamente "pesada". Mis pantalones no me quedan ya, y ayer tuve que recurrir a una infame faja, que apretara mi humanidad, mi libertad y mi tranquilidad.
Me sentía rara. Como una mujer atlética atrapada en una concha de grasa, ahora apretada en algunos sitios, desbordandose por otros, gracias a la faja.

Con todo y mi gordura, trato de llevar una vida normal. Ayer, por ejemplo, fuimos al Jardín Botánico en Mérida.
Lo primero que vi al llegar fue el cafetín de jugos naturales y chocolate caliente, y me reprendí a mi misma por dentro. Traté de distraerme y seguir caminando en dirección contraria. 
Llegamos a una parte hermosa, conocida como el sendero aéreo. Es una ruta en las copas de los árboles, que consiste en puentes y escaleras colgantes y unas tirolesas.

Obviamente no tenía pensado subir. Hace días vengo sintiendome como una mole, grande y pesada.
Pero luego mi esposo me dijo en tono juvenil "Nos anoté en el sendero aéreo". Lo miré a los ojos y miré a mi novio de hace 16 años, con quien hacía mil locuras, caminatas y escaladas. Le respondí "¡Buenísimo!".
Esa ha sido mi actitud de siempre "Si me lo propongo puedo hacerlo". No hay nada que no pueda hacer. ¡Hakuna Matata!

Durante los minutos de espera, me preparé psicológicamente, recorrí con la mirada el sendero y fui pensando en estrategias para lograrlo. Traté de parecer divertida y calmada, pero llegue a pensar "¿Y si se rompen las cuerdas?"
Recorrí muchas veces el sendero con mis ojos, tratando de preveer lo que vendría hasta que mi esposo me llamó para colocarnos el arnés.

Allí comenzó el bullying.
La chica que me colocaba el arnés me preguntó si estaba embarazada. Si. Con todo y faja se me ve una panza prominente. Ella tuvo las mejores intenciones y todo iba bien, hasta que al yo decirle que no estaba embarazada me responde "ahh muchas cervezas en diciembre".
Seguí muy firme y compuesta a comenzar el recorrido. Hay dos tipos de rutas, la normal y la extrema. La chica me guia hasta la extrema y me dice "Serías capaz de tomar esta escalera, y luego seguir por la ruta normal?" Se refería a la escalera para llegar a las copas de los árboles. Me resultó interminable, y llegó un punto en el cual jamás creí lograr subirlas. El chico que espera arriba comenzó a gritarme que subiera. 

La escalera extrema es bastante más larga y complicada que la otra. Veía cómo las otras personas subían por la otra escalera mientras yo estaba literalmente atascada. Ya no podía subir otro escalón más. Le comenté al chico que espera arriba, que  me ayudara a subir con el arnés. Me respondió "¡Será para que me de una hernia!" Yo pensaba, "Oye y para que estas allí, con la polea, ¿cual es tu trabajo?"

Siempre he pensado que quienes trabajan con atención al público tienen la misión de ser la cara amable y visible del lugar. En este caso, el joven me comenzó a gritar "Deje la flojera, suba, suba", hasta que me gritó "Suba ese culo"
Reuní todas mis fuerzas y logré subir. Me pasé el resto del sendero aéro pensando en que se romperían las cuerdas. Que no podrían con el peso. Por fin bajé en la tirolesa final y llegue a tierra donde me esperaban mis amigos.

El video
Una de mis amigas tenía mi celular y me tomó fotos en el sendero, hasta me grabó un video de la tirolesa final.
Emocionada comencé  a ver las fotos. Cuando llegué al video mi amiga me dice, mirandome con amor: "Lo ves en casa".

Al llegar a casa lo veo. Es un video mio bajando por la tirolesa con cara de miedo y felicidad. Lo terrible viene con el audio. Se observa que cuando estoy a punto de salir, una voz masculina grita "ahi viene la gorda, empujalaaaaa". Me imagino qu se refería a que debíen darme un empujón para salir, para que efectivamente mi cuerpo pudiera descender por la tirolesa.
Acto seguido la persona comenta "Uyyy se le ve la fajaaaa JAJAJAJA", y el video cierra con la voz de nuestro comentarista diciendo "Deja de comer empanadaaaas".

Y allí quedó. Mi recuerdo de esta aventura que ahora debo escuchar en mute si no quiero seguir pasando verguenzas. 
¿Quien era esta persona? ¿Un turista que estaba al lado de mi amiga? ¿Uno de mis amigos que esperaban junto a ella? ¿Un trabajador del parque, quienes ya me demostraron su poco tacto para con las personas gordas?
No lo sé. Y me siento agradecida de no haber escuchado su voz en mi descenso.

Desde que eso ocurrió me puse bastante reflexiva. Como sociedad hemos aprendido a querernos y respetarnos con nuestros distintos colores de piel, raza, religión, nuestro género y sexualidad. Pero la contextura corporal es algo que no hemos aprendido a respetar. En ninguno de sus extremos. Nos reímos abiertamente y en su cara de alguien muy delgado, y de alguien gordo.

Detrás de esa persona hay alguien que probablemente se siente herido a diario. Probablemente en tu familia, en tus amistades hay alguien que sufre por eso.

Ser gordo o flaco no es algo que se cambia en un día. Pero ser grosero e irrespetuoso si es algo que se puede mejorar en el acto. Atrás quedaron los tiempos cuando al turista se le trataba con respeto, al igual que cualquier persona, pero al turista más porque es alguien que vino a ver tu ciudad, tu atracción turística, y probablemente luego le contará a otras personas sobre su experiencia, y quien sabe si escribirá en su blog :D

Yo tengo mucho trabajo por delante. Debo trabajar mi cuerpo, mi mente, mi estima propio (aunque me considero una gordita bonita). Pero desde acá, desde mi imperfección, te invito a revisar la tuya. ¿Cómo es tu trato con las personas obesas o muy delgadas?

Gracias por leerme. Hakuna Matata.

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